
Ahora que todo nos llega encapsulado en la pantalla de cristal líquido que nos ofrece el mundo a una distancia de dos o tres cuartas de la nariz, recibir algo de manos del cartero que golpea la puerta me trae la misma alegría de antaño al ver sobres aéreos escritos a mano con estampillas prolijamente lamidas por el remitente. En un dos por tres desarmé el paquete y tuve en mis manos el libro de Julio Torres-Recinos, Hojas de aire. No deja de tener sus riesgos eso de hacer llegarme un libro de poesía porque casi siempre respondo contando los pormenores del recibo y de la lectura. Es que la poesía y yo somos viejas amigas. Conviví con ella en los tiempos de las vacas flacas (y en los de las no tan flacas) y fui testigo de su poder de transformar personas y objetos. Cuando la mamá nos enseñaba algún poema sentía el estremecimiento de una luz que lo bañaba todo. Las preocupaciones desaparecían de su cara y las palabras empezaban a salir de su boca como bebés que venían al mundo a cantar y a llorar.

En la primera ojeada que le di a la foto en la portada de Hojas de aire, mi atención se concentró en las gotitas de agua de las hojas, las que me trajeron a la mente algunas fotos de mi amigo Chuaqui, solterón ya de edad, que con un sueldo de psiquiatra no escatimaba gastos en su pasión por la fotografía. En una ocasión, en la misma salita en que conversábamos, bajó del cielo raso un enorme telón blanco tan bien disimulado que nunca lo había visto en anteriores visitas. El arreglo que había hecho con fotos y con música fue demasiado para mí. Antes que terminara el show me empezaron a correr las lágrimas. “Por qué lloras”, me preguntó al final. “Porque te vas a morir”, le dije. “Tu mirada ha llegado demasiado lejos”. La reminiscencia de mi amigo (y de mi propia insensatez) me hizo dejar el libro de Julio a un lado, con la idea de retomarlo en otra ocasión cuando nada turbara mi encuentro con su poesía.
Ahora que han pasado un par de semanas desde ese primer encuentro me dedico a rastrear las “hojas de aire” y la primera mención la encuentro en el poema “Otra parte del mundo”:
En este poema encontramos uno de los temas que privilegia el poemario de Julio Torres-Recinos y también la manera de tratarlo: temporalidad versus permanencia, el precio que paga el ser humano por la conciencia de la fugacidad del tiempo que al fin de cuentas es la conciencia de su propia mortalidad. Pero hay otro poema más adelante en el libro donde el tono de reproche cede lugar a un tono más festivo dentro de la misma temática, “Hoja de aire”:
El tiempo, el amor, la mujer y el hombre comparten las connotaciones de fugacidad y temporalidad en la colección. Los discursos testimoniales, autobiográficos, ecológicos, entre otros, se encuentran y se desencuentran en las fronteras corredizas, cambiantes y a veces borrosas por las que el hablante va llevando al lector, como en el poema “Es el tiempo”:
En “Han pasado los años” sigue predominando la función lírica como en los poemas anteriores. El tema del paso del tiempo es aquí autobiográfico en el cuestionamiento identitario del autor/hablante sobre su pertenencia a un espacio físico dado. Al inicio del poema el “yo” abarca la colectividad de emigrados en un “nosotros” que en las últimas estrofas regresa a la individualidad. ¿Importa más la identidad individual que la colectiva a la hora de determinar la pertenencia o no pertenencia a un lugar físico dado? El hablante asume que su identidad es híbrida, compartida en dos espacios geográficos: “soy tan de aquí como de allá”.
Los cronotopos más típicos de los dos mundos se yuxtaponen en la rememoración que hace el hablante de sus amores pasados; por ejemplo, en “Tus pasos y la playa”:
El estado más bien contemplativo y expresivo de estos poemas cambia radicalmente cuando el “yo” se enfrenta con las presiones del mundo exterior. La violencia, guerras, destrucción del medio ambiente se transforman en fuerzas amenazantes que acosan al “yo” disminuyendo su capacidad de expresión al punto de enajenarlo hasta hacerle perder la certeza de la unidad básica de su ser. Prisionero de la desazón, el mundo se torna hostil y amenazante obligándolo a huir, a replegarse en sí mismo y a refugiarse en la mudez para salvaguardar su yo, como en “Yo me quedo mudo”:
En “Arte poética” y en el último poema del libro, “Homeless”, se vuelve difusa la frontera entre el acoso del mundo externo con la impotencia de no poder incidir en el estado de cosas y las presiones internas, ya sea crisis existencial o la vaga atracción de Thanatos:
Desorientado en una selva
[…]
con los ojos cerrados
y los brazos atados al cuerpo
[…]
Hundido en aguas saladas,
[…]
sentir que las fuerzas se terminan,
que se va contra la corriente,
arrastrándose por la arena.
Abatido por la angustia
dejo que la soledad
me acaricie
HOMELESS
[…]
Un deseo de habitar
una geografía infinita;
[…]
un deseo de escapar,
de llegar a ámbitos
desconocidos,
a esferas de colores,
a abismos oscuros
en lo profundo del mar,
a planetas donde el sonido no llega.
El poemario también abre espacios dialógicos en los cuales predomina la función apelativa del lenguaje. El sujeto histórico que habita determinados contextos geográficos, sociales y culturales se tiende a confundir con el hablante. La visión de mundo del yo (amante) se va estructurando en oposición a la del tú (amada) al que el hablante apela directamente en una voz autobiográfica que se percibe a sí misma con mayor solidez y comprensión del mundo que el “tú” fragmentado y esquivo que no es, necesariamente, una mujer específica. El espacio del diálogo se estructura a partir de las especificidades del “yo” y el “tú”, marcadas por la diferencia sin llegar a una resolución de contrarios. La mujer aquí no es el ancla sino lo inasible. Prisionera de su propia necesidad de escapar como la “hoja de aire”.
[…]
Te pregunto si tienes
cinco minutos
para que vayamos a Italia
o a ese México
que te gusta tanto
—en esta época los prados estarán muy verdes
y el sol no ha de ser tan inclemente—;
[…]
pero los pájaros
no te dejan
[…]
y entonces comprendo
que no puedes estar
más de cinco minutos
bajo un mismo cielo.
La mujer y el tiempo en “Lección necesaria” comparten ese rasgo de fugacidad que hace imposible aprehenderlos. El tono del hablante cambia en este poema y en consonancia con el título su voz adquiere la autoridad de un maestro:
Y la misma idea de la fugacidad se repite en el poema “Fantasma”:
Al final de mi lectura encuentro que, gracias a la maestría y confianza con que Julio Torres-Recinos maneja el lenguaje, el lector (al menos esta lectora) ha logrado captar su serenidad de espíritu y asistir a la creación de un tercer espacio poético: en este caso, un espacio construido a partir de dos conceptos reñidos en significado: permanencia y temporalidad. Leyendo “Yo sé qué tiene tu pecho”, también me doy cuenta que la misión de la poesía no ha cambiado sustancialmente en el tiempo:
Términos como “pecho”, “pájaros”, “alegría”, “palabra”, “madrugada” de este poema no sólo tienen el significado que a diario les damos, sino que sobre esa cotidianidad se ha construido algo nuevo que apela a los sentimientos y a la razón. Y así se ha ido construyendo la cadena de significantes en el poemario. Los poemas van exhibiendo y haciendo resaltar las palabras que van creando ese juego temporalidad versus permanencia, que es una constante de Hojas de aire.