Mao dice que florezcan mil flores, “que la cultura sea un brotar de todas partes”. Así, la poesía como medio de expresión literario, es decir a través del lenguaje, tiene múltiples variantes, todas las cuales son en definitiva instrumentos de comunicación.
La poesía se distingue de la prosa y el drama, al menos tradicionalmente. La poesía en su vertiente lírica expresaría a un hablante lírico, sus sentimientos y emociones, lo que se denomina estado de ánimo, mientras que la narrativa sería una re-presentación de la realidad, como esencialmente lo es el teatro. Pero lo que aparece en primer lugar al lector o escucha es que a la poesía está en verso, eso se le adscribe tradicionalmente el estar por oposición a la prosa o al teatro que también tienen su forma canónica específica. Sin embargo, el aspecto que asume la forma de expresión no define intrínsecamente a un texto como poesía, prosa o teatro, pese a las expectativas previas del lector o escucha, dado que la prosa puede ser básicamente la expresión de una subjetividad y la poesía puede ser en cambio una representación de la realidad, incluso preñada de motivación didáctica. Pensemos a este respecto por ejemplo en la Silva a la agricultura de la zona tórrida, de Andrés Bello, cuyo inicio dice:
¡Salve, fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribes
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibes!
Tú tejes al verano su guirnalda
de granadas espigas; tú la uva
das a la hirviente cuba;
no de purpúrea fruta, o roja, o gualda,
a tus florestas bellas
falta matiz alguno; y bebe en ellas
aromas mil el viento;
y greyes van sin cuento
paciendo tu verdura, desde el llano
que tiene por lindero el horizonte,
hasta el erguido monte,
de inaccesible nieve siempre cano.
Aquí tendríamos una poesía didáctica que parece contradecir la concepción y expectativas tradicionales sobre la poesía, aunque hay que reconocer que la adopción de la poesía como expresión y su destacar la materialidad del lenguaje aumenta la apelación de un mensaje que en prosa sería aburridísimo. Algo opuesto sucede en la prosa poética, por ejemplo en la de Rimbaud, en definitiva e incuestionablemente con aspecto de prosa, en este fragmento de Mala sangre, de Una Temporada en el Infierno: Mala
Tengo de mis antepasados galos el ojo azul pálido, el cerebro estrecho y la torpeza en la lucha. Hallo mi vestimenta tan bárbara como la suya. Pero yo no me unto la cabellera con manteca. Los galos eran los desolladores de animales, los quemadores de hierba más ineptos de su tiempo.
De ellos tengo: la idolatría y el amor al sacrilegio; - ¡oh! todos los vicios, cólera, lujuria- magnífica, la lujuria; -en especial, mentira y pereza.
Me espantan todos los oficios. Maestros y obreros, todos campesinos, innobles. La mano de pluma vale igual que la mano de arado.- ¡Qué siglo de manos! - Nunca tendré mi mano. Luego, la domesticidad conduce demasiado lejos. La honradez de la mendicidad me desconsuela. Los criminales repugnan como castrados: yo estoy intacto, y me da lo mismo. Pero, ¿quién me hizo tan pérfida la lengua, que hasta aquí haya guiado, salvaguardándola, mi pereza? Sin servirme para vivir ni siquiera del cuerpo, y más ocioso que el sapo, he vivido por todas partes. No hay familia de Europa que yo no conozca.
Así podemos ver que la forma textual de la ‘prosa’ puede ser más poética que la forma poesía. La poesía puede acoger también elementos del teatro (texto mío de El Evasionista, así bautizado por Leandro Urbina por oposición a otro presunto libro ‘comprometido’):
ESTROFA:
Mucha fue la acción y poca la comprensión
De los humanos de dos pies, sin suave pelaje, de ojos nunca verdes, de pupila inobediente a la Luz. Ahora las madres cobijan hijos de miga de pan en fríos cuartos
Ahora los ratones — rápidos, rastreros — invaden las grietas requemadas por el Sol Sin Forma
CORO:
“Ya no volveréis a pasar vuestras manos sobre el pelaje portador de las corrientes vitales. No correrán los gatos a hundir su hocico en La Tibia Leche, ni a lamer las manos, ni sacarán la luna de su anonimato
— Una sombra celeste cruza la barda blanca, de yeso — otra sombra anaranjada la persigue. Siempre hacia el este. ¿Dónde tomaremos el modelo del amor? El verde huye tras las rasgadas pupilas — Ahora pasa el gato intangible de la luz, siempre hacia el este
El dios abandonó su lugar del Almácigo Central luego de jugar con su cola bajo los rojos albores de este nefasto día — Seguido por la gata medrosa de la sombra —
ANTIESTROFA UNO:
Ahora que sentimos el zarpazo juguetón del vacío, la verde pupila de la muerte se insinúa en el interior de nuestros ojos
ORFEO:
Ya mis instrumentos callan, ya mis dedos de piedra se enmudecen — Un gran gato de piedra me oprime la garganta y no puedo cantar.
Al interior de estas formas textuales se dan también otras posibilidades. Está el poema lírico, que por ejemplo ejemplifica universalmente el Poema 15 de Pablo Neruda,
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
Tenemos por otro lado al poema épico, forma preferida en momentos de gestación de las nacionalidades y estados, conflictos bélicos y conquistas, procesos revolucionarios. En la forma épica, la intención y emotividad del emisor poético se vuelca hacia un acontecimiento relevante de la realidad histórica o percibida, en general de valencia colectiva, y lo dota de carga emotiva, haciéndolo convincente. Tenemos el ejemplo americano clásico de La Araucana, de don Alonso de Ercilla y Zúñiga
Estas formas del texto poético pueden tener los más diversos contenidos. Así, se trata más bien de una actitud del hablante, que sería el emisor que sostiene el texto, el que determina el carácter lírico o épico. La poesía puede también desprenderse de los signos explícitos líricos o épicos, adoptando una tendencia hacia la objetividad, hacia lo que sería una mostración imparcial de entidades y procesos. Pero los indicios más leves apuntarán hacia el emisor subyacente, por ejemplo en este breve poema de Alberti:
Elementos como los diminutivos, las exclamaciones y los imperativos ‘toquen’, ‘hinquen’, ‘a los pinares’, ‘Arriba’, denotan la implicación del sujeto, el tierno coloquialismo ‘ganadico’ revela que el emisor poético de alguna manera se involucra en lo que muestra en esos versos sucintos y lacónicos, aparentemente desprovistos de recursos. Más cerca aún de una supuesta objetividad estarían aparentemente los haikús, como en éste, de José Juan Tablada, de México
El primer verso muestra un poco al hablante en tanto hace una comparación con un término implícito. Pero está también la poesía puramente descriptiva de los otros dos versos. En ese caso el emisor dispone y presenta los elementos en lugar de expresarse sobre ellos mediante ideas, sentimientos, imágenes, etc. Así, esa poesía sacrifica la carga personal y el carácter testimonial, pero adquiere en cierta medida la certidumbre de lo real.
Ligado a esto nos encontramos con la antipoesía, que en manifestaciones extremas lo único que hace es modificar ligeramente una frase hecha, como por ejemplo en ciertos artefactos minimalistas de Nicanor Parra:
o
La izquierda y la derecha unidas
Jamás serán vencidas
La antipoesía es un arma poderosa porque permite la erosión de todo lenguaje institucional serio, trátese del religioso, el político y el institucional en general. Al trabajar sobre un trasfondo lingüístico común a una situación o período determinados, que comparte una generación y un país y se transparenta en los clichés, las frases hechas, y los titulares y noticias, la validez por así decir ‘universal’ de la antipoesía se restringe, cuando no parodia e ironiza elementos percibidos como permanentes, por ejemplo de la así llamada ‘condición humana’. Nada le está vedado a la antipoesía. Por ejemplo se puede aplicar a los lugares comunes de las ciencias humanas, como en estos ejemplos míos:
En el Renacimiento
el hombre descubrió el cuerpo y la naturaleza
El ideal de vida era humanista
que trataba de juntar las armas y las letras
Se descubrió el Nuevo Mundo
(No están muy claros los motivos de Colón)
Descartes dijo: cógito ergo sum
y Liebnitz inventó
el cálculo infinitesimal
3
En una cosa estamos de acuerdo:
Parece que somos mestizos
La conquista de América
fue un hecho muy importante
para el Hombre Americano
Desde entonces no ha podido levantar cabeza
Otra vertiente de la poesía lleva al máximo una característica que le sería propia según algunos, entre ellos Jean Paul Sartre; el hecho de manifestar la materialidad del lenguaje, en oposición de la prosa, que desaparecería en el momento de la lectura para dar lugar al significado. La presencia inabolible del lenguaje en la poesía se liga al carácter oral del origen de la poesía, cuyos aspectos materiales métricos y fonéticos son a la vez ayuda-memoria e instrumentos para hacer notorio el contenido. En toda manifestación literaria o escrita existe en mayor o menor grado la ‘función poética’, esa presencia del lenguaje como instancia fónica, sintáctica, aparente y manifiesta, que en la poesía modula una de las instancias de la tensión/armonización o síntesis entre forma y significado de toda forma lingüística, verbal o no (plástica, música). La poesía concreta o de apoyatura rítmica lleva a sus límites esta característica ‘material’ del lenguaje. La poesía concreta, fonética, etc. surge de aquí, así como por ejemplo Canto negro de Nicolás Guillén
Pero todas las formas poéticas, como otras formas de re-presentación de la realidad, juegan permanentemente con la necesidad de ser percibidas, de fijar la atención en sí mismas, tienen por tanto un carácter espectacular. Incluso en las instancias más centradas en la comunicación, el lenguaje tiene que ser como un buen espejo y atraer sobre sí la mirada para que se vean en él los contenidos representados. Así, la poesía, en tanto re-presentación, es un proceso cognoscitivo, quiérase o no. Todo conocimiento humano es mediado, es decir, se conoce a través o mediante un objeto que representa, o se supone que representa, elementos de lo ‘real’. En esto concuerdan pensadores tan dispares como Lucaks y Heidegger. Esta estructura del conocimiento humano representa en el fondo una tensión o un compromiso entre la objetividad que refleja y la necesidad de sobrepasarla para ‘conocer’ o ‘ver’ lo representado. Como salida de esta situación a la postre inestable, variable y problemática de la percepción, el anhelo de solución o descanso de la tensión cognoscitiva hace deseable el polo místico, en que no hay mediación y se conoce inmediatamente, donde existe una fusión con el objeto del conocimiento, en las religiones la existencia, el objeto, el ser por excelencia, la divinidad. En la experiencia mística se existiría en un estado de omnisciencia, de congruencia entre conciencia y mundo, lo que soluciona míticamente la dicotomía sujeto–objeto. Entonces, el papel de las expectativas, las presuposiciones y la tradición cultural e histórica juegan un papel determinante sobre la percepción y concepción de la poesía. Esto se muestra ya desde el libro como base material de la poesía, y la adscripción ‘natural’ que se hace del poema o la poesía a un cierto tipo de texto. La reiteración de formas, figuras retóricas, modos de decir y estilos se hacen habituales (clichés) al cabo de un tiempo y exigen la inserción de un elemento nuevo para captar la percepción humana, siempre afanosa de novedades. Los estilos fructifican, mueren y surgen otros cuya productividad expresa las necesidades de los tiempos.